Entre la transición y la transformación: conocimiento, rentismo y valor

El mundo no necesita alternativas de desarrollo sino alternativas al desarrollo. El mundo no precisa aprovechar “mejor” el capitalismo sino transformarlo. Este es el gran desafío histórico que debe asumir intelectual y políticamente la izquierda. El concepto de “desarrollo” se ha reciclado para renacer una y otra vez de todas sus críticas y detractores, pero en estricto sentido nunca ha sido puesto en cuestión: ni como noción, ni como objetivo político, ni tampoco el modo para conseguirlo. El desarrollo “humano”, el desarrollo “sostenible”, el desarrollo “con perspectiva de género”, etc. si bien constituyen avances importantes para producir un mundo más humano, amigable con el medio ambiente o con relaciones menos patriarcales, no buscan cambiar de raíz el problema estructural que es el modo de la acumulación y (re)distribución que se produce a través del capitalismo.

Sin embargo, debe existir plena conciencia de los límites, o mejor dicho de los “tiempos” involucrados en dicha dinámica de cambio. Sería pretencioso e ingenuo sostener que de la noche a la mañana se puede salir teórica, conceptual y empíricamente del paradigma del desarrollo y, asociado a este, del esquema capitalista.

Por ello, una propuesta seria desde la izquierda está obligada a pensar y plantearse sobre todo la “gran transición”. En esta transición, los proyectos progresistas deben tener conciencia de que tendrán que convivir con el capitalismo y, en este marco, una de las principales distinciones es entre el capitalismo rentista parasitario (comerciantes, financistas, terratenientes especuladores, poseedores de títulos de propiedad intelectual, etc.) y el capitalismo industrial /productivo (bajo en energía y generador de trabajo). En este contexto, el rival número #1 de la izquierda deber ser el capitalismo especulativo parasitario rentista.

Empero, esto no significa abandonar la reflexión sobre la transformación social, ya que tal situación supondría resignarse a vivir —en el mejor de los casos­— en una sociedad “menos” injusta, pero injusta al fin. La transformación definitiva pasa, sí o sí, por un cambio en la matriz cognitiva, en que la izquierda debe disputar sobre todo el sentido del valor. Quizá la construcción más importante del capitalismo ha sido la ideología hegemónica, impregnada en la conciencia del ciudadano del mundo, de que el valor más importante en la vida es el “valor de cambio”; es decir, el dinero. Este valor de cambio ha hecho viable el sueño del capitalismo: la mercantilización de todo, hasta de la vida cotidiana. Este valor de cambio adquiere relevancia en el capitalismo cognitivo sobre todo debido a la innovación del capital, que reproduce capital a través de dos mecanismos cuyo sustento es infinito: el dinero electrónico (no respaldado en ningún tipo de bien/patrimonio) y los derechos de propiedad intelectual (respaldado en las ideas).

En este sentido, el corazón  de la gran trasformación no pasa por el cambio en la matriz productiva sino por el cambio en la matriz cognitiva, de pensamiento, de las ideas, de la cultura, frente al sentido de resignación que está impregnado en la psique social del mundo capitalista.

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