Conocimiento libre para el bien común

Aristóteles en el libro de la Política señalaba que “lo que es común para la mayoría, es de hecho objeto del menor cuidado. Todo el mundo piensa principalmente en sí mismo, raras veces en el interés común” (Aristóteles, 1988: p. 27). Esta idea fue recuperada -de una u otra forma- por Scott Gordon en 1954 (La propiedad común de la pesca) y  Garret Hardin en 1968 (La tragedia de los comunes), Olson en 1965 (La lógica de la acción colectiva) y Dawes en 1973 (El dilema del prisionero) para explicar un modo de comportamiento humano y de coordinación social que daba cuenta de un gran abanico de fenómenos sociales tales como las hambrunas, la sobrepoblación mundial, la guerra fría o la relación existente entre Estado y sector privado.

¿Qué está en juego en tal constructo teórico, epistemológico y social?

El dilema que está en juego en la que se denominó la “tragedia de los comunes” se basa en la paradoja de que las estrategias individualmente racionales conducen a resultados colectivamente irracionales cuando no está presente la cooperación entre los involucrados. Es decir, los actores que emprenden una acción con el objetivo de obtener beneficios individuales, no pueden darse cuenta de las externalidades negativas reciprocas que se generarían en caso de que los otros actúen de la misma forma.

En la base de la tragedia de los comunes, el dilema del prisionero y la lógica de la acción colectiva se encuentra la supremacía de la lógica racional del free rider; es decir, la operatoria que realiza aquella persona que busca sacar ventajas individuales escudándose en la acción colectiva de la mayoría de ciudadanos (para evitar de esa forma los “costos” de la participación) que trabaja por conseguir un objetivo que beneficia a la colectividad. En este sentido, si la racionalidad individual de todos resulta ser la de un free rider, no se producirá el bien o el beneficio común. Como corolario de tal dilema, la solución económica y política de la tragedia de los comunes ha sido la privatización del recurso común o el Leviatán (norma regulatoria estatal). Dichas soluciones, han sido políticamente traducidas -bajo una lógica binaria- en el conflicto, ¿mercado o estado?

Elinor Ostrom, primera mujer que obtuvo el premio Nobel de economía en 2009, demostró que existe una tercera salida que evita la tragedia de los comunes y que radica en acuerdos adecuados entre los participantes para explotar los recursos de una manera sustentable. Las condiciones para que tal situación prospere, según la politóloga Ostrom, son: 1) la oferta de reglas claras, 2) la supervisión del cumplimiento de estas reglas entre los distintos participantes y 3) el compromiso mutuo. Dichas condiciones implican la construcción social de valores basados en la confianza, la reputación y la reciprocidad de los participantes involucrados en conseguir un beneficio común. Asimismo, se requiere un modelo alternativo de gestión de los bienes en el que Estado, mercado y sociedad no se vean como actores aislados e incluso antagónicos, sino por el contrario, articulados en pos del bien común.

Así como los temas ambientales, el conocimiento es un bien público y común de las sociedades. ¿Cómo se ha gestionado tal bien? El capitalismo cognitivo ha construido una institucionalidad que le permite viabilizar la apropiación del plus-valor del conocimiento social a través de sistemas de propiedad intelectual que rigen hoy en día en el comercio mundial, produciendo lo que Michael Heller en 1998 denominó la tragedia de los anti-comunes. Esta tragedia, en la arena del conocimiento, significa la subutilización del conocimiento científico causado por el excesivo manejo de los derechos de propiedad intelectual y el sobre-patentamiento. En otras palabras, en el ámbito del conocimiento el capitalismo ha llevado a que se subutilice o malgaste el recurso conocimiento al estar “infraexplotado” como consecuencia del sobre-patentamiento y manejo sobredimensionado de los derechos de propiedad privada.

Una perspectiva de izquierda debe intentar construir sistemas de conocimiento/creatividad abiertos, es decir, sistemas cognitivos construidos como recursos compartidos y bienes públicos sociales (no sólo por principios de coherencia ética sino por eficiencia económica[1]). Dicha construcción implica teórica y políticamente marcar distancia de los supuestos que subyacen a la tragedia de los comunes y a la de los anti-comunes para repensar alternativas que viabilicen implementar sistemas cognitivos no capitalistas.

En este marco, debemos partir de que, a diferencia de los recursos naturales, el bien conocimiento y la creatividad, por una parte, no son bienes escasos sino ilimitados; y, por otra, no emerge de una riqueza pre-existente sino que tiene que ser cultivada o desarrollada. Esta premisa es importante en tanto que al ser un bien ilimitado no puede haber sobre-explotación del recurso. Poner un límite a través de procesos privatizadores es un error económico si lo que interesa es la maximización del beneficio social.

Asimismo, la tragedia se transforma en virtud cuando se rompe el supuesto de que nadie valora la riqueza que es común para todos. Si el conocimiento es construido de una manera participativa y en beneficio del común, la probabilidad de no valorar el bien común conocimiento es mínima o se minimiza. A su vez, en el caso de ser construido colectivamente los derechos de propiedad deben recaer sobre la comunidad generadora de conocimiento, con lo cual la posibilidad de subexplotarse se reduce a su mínima expresión y con ella la posibilidad de generar la tragedia de los anti-comunes.  Si se construye privadamente dífilamente se romperá el maleficio de los comunes.

En el caso del dilema del prisionero en donde la estrategia dominante es no cooperar dado que la comunicación está prohibida o no es vinculante, un sistema de conocimiento abierto se diseña para tener el mayor flujo de comunicación para que prospere la interacción y con ello la cooperación. Justamente ahí radica la ventaja de un sistema de conocimiento de recursos compartidos dado que la cooperación no sólo se producirá para generar conocimiento sino para mantener dicho bien común.

Esto a su vez, promueve otro tipo de valores, más allá de los económicos, dado que esta cooperación no tiene por fin generar exclusivamente rentabilidad sino descubrir o deleitarse con la creación, que a su vez puede genera bienes relacionales entre los participantes de la comunidad. Con esto, seguramente se rompe con la supuesta racionalidad económica instrumental (medios-fines), base de la tragedia de los (anti)-comunes. Siguiendo a Elster se podría señalar que se edificaría una racionalidad ligada a los sentimientos, las pasiones o la simpatía como motor de la propia acción colectiva de la producción del bien común conocimiento. El “otro” es mi amigo, colega; no mi competidor o enemigo. La causa común se hace siempre con otro que tiene mismos fines que los del resto del grupo. Esto implica a su vez generar diseños institucionales de redes de comportamiento económico cooperativo, que fomente la apropiación del bien común por los propios comunes.

Para que tal sistema florezca, es necesario construir diseños normativos que den paso a tipos de propiedad colectiva. Si el proceso fue compartido y construido en equipo los beneficios del resultado deben también ser compartidos por los participantes que trabajaron en la red cognitiva o creativa.

En el caso de la imposibilidad de la lógica de la acción colectiva, el conocimiento en un sistema abierto no prosperaría por la coerción que se ejerce sobre sus participantes (como defiende Olson), sino que fluiría libremente dado que los involucrados tienen intereses comunes. [2] Por otra parte, el diseño de los sistemas abiertos planteados no supedita su éxito a que sean grupos pequeños donde se pueda identificar al free rider rápidamente, sino que la probabilidad de que exista éste disminuye dado que el beneficio del participante no sólo se da en el resultado conseguido sino sobre todo en sentirse partícipe del proceso y deleitarse en y con la participación (Ver Ramírez, 2004). A su vez, la acción del free rider difícilmente prosperará dado que hay un “accountability horizontal” que realizan todos los participantes de la red. Asimismo, la velocidad de generación de más bien común es más vertiginosa que en los sistemas privados dada la interacción de millones de cerebros en la red, lo cual a su vez minimiza, desincentiva o margina el actuar como free rider.

En suma, un proyecto de izquierda debe romper con la tragedia de los (anti) comunes y dar paso a la potencia y virtud que encierra la gestión de los bienes comunes; es decir, esto implica dejar de edificar sistemas en que “lo de todos” sea equiparado como “de nadie” a construir sistemas en que “lo de todos” sea apropiado como “nuestro”.

En este marco, la salida institucional para romper con la tragedia de los comunes y anti-comunes es la construcción plataformas sociales de tecnologías abierta y de la normativa respectiva que permita que florezca el bien común conocimiento/creatividad y la innovación social. Si dicho diseño es idóneamente construido y en la medida en que se tenga miles, millones de participantes en las comunidades[3] -tanto como veedores y obreros cognitivos- del bien común, puede nacer procesos de autogestión y autogobierno no sólo a escala micro sino meso y macro. Quizá en otros momentos de la historia hablar de autogestión y autogobierno a escala planetaria eran utopías irrealizables. Hoy en día existen las condiciones tecnológicas e informáticas, el acervo socio-cultural y la voluntad política para que los sistemas cognitivos puedan tener tales diseños institucionales, más allá de diseños privatizadores o exclusivamente estatistas. Nos atreveríamos a decir que el cambio en la correlaciones de poder mundial radica en justamente viabilizar diseños institucionales que rompan con la racionalidad creadora de “la tragedia de los comunes o anti-comunes” (patentamiento privatizador) y genere diseños alternativos que promuevan el florecimiento de la “potencia y virtud de los comunes” para el buen vivir de la humanidad y del planeta.

Referencias bibliográficas

  • Aristóteles (1988). Política, Gredos, España. Libro II, capítulo 3.
  • Dawes, R.M. (1973). The commons dilemma game: an N- person mixed motve game with a dominating strategy for defection. Oregon Research Institute Research Bulletin, Vol 13, pp.1-12.
  • Elster, Jon (2001). Sobre las pasiones. Emoción, adicción y conducta humana. Pacidos Ibérica.
  • Garrett, Hardin. (1968). The Tragedy of the Commons, Science, Vol. 162, No. 3859.pp. 1243-1248.
  • Heller, Michael (1998). The Tragedy of the Anticommons: Property in the Transition from Marx to Markets. Harvard Law Review. 111:621.
  • Ostrom Elinor (2011). Understanding Knowledge as a commons from Theory to practice. Editado por Charlotte Hess and Elinor Ostrom. MIT Press.
  • Ostrom, Elinor (2000). El Gobierno de los comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva. Fondo de Cultura Economica. México.
  • Olson, Mancur. (1965). The Logic of Collective Action: Public Goods and the Theory of Groups. Harvard University Press.
  • Ramírez, René (2004). Pseudo- Salida, Silencio y ¿deslealtad?: entre la inacción colectiva, la desigualdad de bienestar y la pobreza de capacidades. Tesis presentada para la obtención del título de Maestro en Gobierno y asuntos Públicos. México.
  • Scott Gordon (1954). The Economic Theory of a Common-Property Resource: The Fishery Journal of Political Economy. Vol. 62, No. 2 pp. 124-142.

 

[1] En el libro, se explica por qué un sistema abierto es más eficiente que un sistema cerrado para países de desarrollo tardío.

[2] Vale señalar que la obtención de reconocimiento, la reputación, solidaridad, pueden ser también “incentivos” selectivos, tal como lo teorizó Olson.

[3] En este marco, es fundamental la democratización de la generación del conocimiento y la inversión en talento humano en todos los estratos sociales.


Una opinión en “Conocimiento libre para el bien común

  1. Andrés Delgado

    Muy bueno el artículo, creo que es importante recalcar la naturaleza infinita de la economía del conocimiento que, de momento, resulta compatible con la asunción de crecimiento infinito de la economía capitalista basada en deuda y, por tanto, es comprensible que se trate de utilizar como el motor principal de la misma, aunque lo ideal sería sin duda buscar un escenario poscapitalista, donde este crecimiento se detenga y entremos a una economía estable.

    Otra cosa que es importante mencionar es que el software libre ha sido tal vez el primer ejemplo aplicable aplicado a una escala global de una redistribución de los medios de producción (el código accesible para modificaciones y distribución). El software libre es, en esencia conocimiento libre y, por tanto, un ejemplo práctico de lo que se puede lograr en este tipo de economías de libre circulación de bienes de producción. Estar en uno de cada tres servidores corporativos, y en el 98% de las supercomputadoras actuales.

    La nueva tendencia política tiene que apuntar a este tipo de redistribución de medios de producción para ver el mismo tipo de resultados en otros ámbitos. Una red energética distribuida por ejemplo, es algo totalmente posible. Alemania en hora pico puede abastecer la mitad de su demanda energética con paneles solares, y estos han sido en su gran mayoría instalados por pequeñas empresas y personas naturales.

    La impresión 3D, cuyos modelos más avanzados quedan finalmente libres de patentes en 2014 llevarán el potencial de la revolución industrial a cada hogar que cuente con una. Me atrevería a decir que el conocimiento libre es apenas el inicio de este proceso de efimeralización que hace tanto tiempo describió Bucky Fuller y que llega a su climax más elevado al momento en que permitimos el acceso a la ciencia y tecnología.

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